Eucaristía
Adoración permanente
En el silencio de la adoración descubrimos la presencia viva de Jesús, que nos mira, nos escucha y nos llena de paz. La Eucaristía es el corazón de la vida cristiana, y dedicar un tiempo ante el Señor transforma nuestra jornada y nuestro corazón.
En nuestra parroquia contamos con adoración eucarística permanente de lunes a viernes (excepto festivos), de 10:00 a 19:15 h.
Te invitamos a pasar, aunque sea unos minutos, y dejarte encontrar por Cristo. No hace falta saber orar de una manera especial: basta con estar y abrir el corazón.
Además, si deseas comprometerte con una hora fija de adoración, siempre necesitamos adoradores que sostengan este precioso servicio de amor al Señor y a la comunidad.
Presencia real
La fe de la Iglesia proclama que en la Eucaristía no está solo un símbolo, sino la presencia real de Jesucristo: verdadero Dios y verdadero hombre, que se queda entre nosotros bajo las especies de pan y vino.
Jesús mismo lo dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros… Esta copa es la nueva alianza en mi sangre» (Lc 22,19-20). Y el Catecismo de la Iglesia afirma: «En el santísimo sacramento de la Eucaristía están “contenidos verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre, junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo”» (CEC 1374).
Para profundizar en este misterio, recomendamos el libro Los orígenes judíos de la Eucaristía, de Brant Pitre, que muestra cómo la Eucaristía cumple las promesas del Antiguo Testamento y revela la fidelidad de Dios.
¿Cuándo puedo comulgar?
La Iglesia nos enseña que para recibir la Comunión necesitamos acercarnos con el corazón abierto a Dios. Si llevamos algún pecado venial (fallos pequeños de cada día, como impaciencia, críticas, descuidos…), podemos comulgar: la Eucaristía nos fortalece y nos ayuda a crecer, no es un premio para los perfectos, sino la medicina para el camino.
Pero si hemos cometido un pecado grave (cosas que rompen de verdad la amistad con Dios, como abandonar la fe, dañar seriamente a otros, ofender gravemente la dignidad de una persona, vivir de espaldas a los mandamientos…), entonces primero necesitamos reconciliarnos con Él en la confesión.
No es un castigo, sino un gesto de amor, puesto que no es un rito vacío, sino una relación: igual que no se puede compartir una comida si antes no hay paz, tampoco se recibe plenamente a Cristo sin antes reconciliarse con Él.
¿Y si no puedo comulgar por alguna situación irregular?
Hay personas que, por algunas situaciones (por ejemplo, un matrimonio no sacramental, convivir en pareja sin casarse o haber roto con la práctica de la fe), no pueden recibir la comunión sacramental. No es un castigo, sino una invitación a hacer un camino. Piensa en esto: igual que alguien que ha tenido un accidente no puede comer hasta que su estómago se recupere, así también hay momentos en los que no estamos preparados para recibir a Jesús en la Eucaristía.
Mientras tanto, no estás excluido. Puedes acercarte en la Misa y pedir una bendición en vez de la comunión (para hacerlo acércate con los brazos en cruz en tu pecho). Dios te ama incondicionalmente: no tienes que ganarte su amor; es su amor el que te ayudará a caminar.
Además, hay muchas maneras de unirte a Cristo: escuchando su Palabra, en la oración de petición, acción de gracias y alabanza, en la creación, en el servicio a los hermanos, en la ayuda de María con el Rosario… y, si lo necesitas, dialogando con un sacerdote, que puede acompañarte y orientarte en tu camino de fe.
La Iglesia no te cierra la puerta: te anima a seguir buscando, porque Jesús siempre sale a tu encuentro.
Comunión a los enfermos y viático
La Iglesia cuida con especial amor a quienes no pueden participar en la Misa por enfermedad. Por eso, los sacerdotes y ministros extraordinarios llevan la Comunión a los enfermos, para que también ellos se alimenten de Cristo y se sientan parte viva de la comunidad.
No se trata de una comodidad, sino de un servicio precioso reservado a quienes de verdad no pueden desplazarse de manera estable al templo por su situación de salud. No se trata de una solución para ausencias puntuales (como un resfriado o un malestar pasajero), sino de una atención pastoral a quienes viven con una limitación real y continuada.
De manera particular, cuando un cristiano se encuentra en peligro de muerte, puede recibir el Viático: la Eucaristía como “alimento para el último paso del camino”, que prepara al alma para el encuentro definitivo con el Señor.
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